ILEV Speaker Camp.

Ya os conté cómo un mensaje de Instagram en 2023 me llevó a Panamá. Cómo gasté un dineral. Cómo enseñé mi técnica de Microblading sin cortes. Y cómo Lismar Duarte se acercó a mí al terminar para regalarme una oportunidad que parecía un sueño.

El sueño tenía nombre: ILEV Speaker Camp.

Y el lugar: Santa Marta, Colombia.

Pero lo que no os conté es cómo llegué hasta allí.

Este viaje lo hice sola.

Primera vez que cogía un avión para cruzar el Atlántico yo sola. Sin mi marido. Sin Alba, mi asistenta. Solo yo y mi maleta, con una técnica en las manos y un nudo en el estómago.

Y el destino: Colombia.

¿Y sabéis qué pasó antes de salir de casa? Todo el mundo a mi alrededor me animaba a no ir.

Miedo a la inseguridad. Miedo a estar sola. Miedo a lo desconocido. Frases como «¿Estás segura?», «No te arriesgues», «Mejor espera a otra ocasión». Me las sabía todas. Me las dijeron todas.

Pero nada me paró. Y nada haría que no viviera esa experiencia.

Aterricé. Me recogieron del aeropuerto. Subí a un coche sin saber muy bien qué me esperaba. Y de repente, apareció ante mis ojos un resort impresionante con su propia playa.

Ahí íbamos a estar una semana entera.

Pero esto no era un hotel de vacaciones. Esto era otra cosa.

El ILEV Speaker Camp es una experiencia creada y dirigida por Pablo Herrera y Nina Joaqui. Dos grandísimos del mundo de la micropigmentación. Dos personas que jamás pensé que fuera a conocer. Y menos todavía, compartir una semana con ellos.

Y allí estábamos. Un grupo reducido. Los mejores. Los elegidos para ser formados como ponentes de alto impacto internacional.

Todos los días nos reuníamos en una sala preciosa junto a la piscina del hotel. Y allí, durante horas, nos formaban en todo:

  • Cómo hablar.
  • Cómo expresarnos.
  • Cómo contar nuestra historia.
  •   Cómo subirnos a un escenario.
  • Cómo buscar miedos internos que no sabíamos que existían.
  • Y cómo sanar de ellos.

Cada área era abordada por auténticos profesionales. No solo de micropigmentación, sino de comunicación, de expresión corporal, de gestión emocional.

Y el objetivo final era claro: prepararnos para subir al escenario en el congreso de micropigmentación más grande del mundo. Casi 700 personas. El mismo en el que después compartiría escenario con Branko Babic.

Y yo estaba ahí. Siendo preparada para formar parte de ese gran escenario.

Pero lo más valioso que me llevé de Santa Marta no fue la formación técnica.

Fue ellos.

Ahí conocí a compañeros extraordinarios. Profesionales que, como yo, habían dejado su país, sus familias, sus miedos, para estar allí. Gente que entendía sin necesidad de explicar. Con los que compartí lágrimas, risas, abrazos y madrugadas de ensayo.

Pablo y Nina no solo nos formaron. Nos abrieron las puertas de un mundo que parecía inalcanzable. Nos creyeron antes de que nosotros mismos nos creyéramos del todo.

Esa semana en Santa Marta no fue un campamento. Fue una transformación.

Llegué siendo una profesional con una técnica propia, pero con miedos que no sabía que tenía.

Salí siendo una ponente internacional lista para enfrentarse a 700 personas.

El viaje sola. El avión. Los miedos de los demás. El resort. Pablo y Nina. Esa sala junto a la piscina. Y un grupo de extraordinarios compañeros que hicieron que el miedo se convirtiera en familia.

Nada me paró. Y nada haría que no viviera esa experiencia.

Y ahora, cada vez que cojo un avión hacia un nuevo destino, me acuerdo de aquella primera vez. Sola. Asustada. Pero con una certeza dentro:

La vida tiene cosas guardadas. Pero solo las regala a los que se atreven a buscarlas.

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